sábado, 9 de enero de 2016

SkyDeck, un dispositivo que revolucionará la oferta de entretenimiento a bordo

Un mirador a 30.000 pies altura en el techo de los aviones (vídeo)

 En la nueva propuesta de la empresa, debajo de este enorme ventanal redondo acristalado se ubican dos asientos giratorios que se elevan en un ascensor hasta el techo de la aeronave. Los asientos pueden ser girados en vueltas de hasta 360 grados para que sus ocupantes puedan disfrutar d evistas panorámicas únicas.

El equipo de Windspeed asegura que su última versión de SkyDeck "va a revolucionar la oferta de entretenimiento a bordo", que no ha cambiado demasiado durante décadas, y lo consideran una experiencia mucho más exclusiva que cualquier servicio ofrecido en Primera Clase, por lo que las aerolíneas podrán incluirlo en su menú VIP o rentabilizarlo, permitiendo su utilización durante el vuelo, y cobrar por ella, a varios pasajeros.
Aún el dispositivo deberá ser sometido a pruebas de seguridad y recibir la certificación y autorización de las autoridades de Aviación Civil. La compañía creadora asegura que el gran ventanal será fabricado con el mismo material utilizado por los aviones militares caza, por lo que afirman que es totalmente seguro. También indican en un comunicado que ensayarán con materiales empleados en la fabricación de aviones supersónicos que garantizarán la resistencia del ventanal en caso de impacto con aves u otras incidencias similares. Afirman que es un proyecto viable que no afecta la operación de los aviones.

jueves, 7 de enero de 2016

VIAJE  RECOMENDADO  POR  NUESTRA  AGENCIA
             Budapest de cuento (2º PARTE)

Podemos seguir, desde la animada plaza Vörösmarty, por la larga y comercial calle Váci, o bordeando el río, para disfrutar de sus emblemáticos puentes: el de las Cadenas, el blanquísimo de Isabel, en honor a la emperatriz Sissi; y el Libertad, probablemente el más bonito, de color verde, decorado con el legendario Turul, el águila adorada por los magiares.
Desde Pest, las vistas de Buda y del río son también impresionantes, sobre todo por la noche. En ese momento, dice György Konrád en Viaje de ida y vuelta, se siente un nudo en la garganta como cuando “se abren las cortinas en la ópera y un fantástico escenario emerge de la oscuridad”. Al pie del Parlamento, una sobrecogedora hilera de zapatos en bronce recuerda las espeluznantes ejecuciones de judíos al borde del Danubio que tuvieron lugar entre 1944 y 1945. Nunca faltan flores y velas. Konrád se salvó refugiándose en casas que algunas embajadas habilitaron como dependencias diplomáticas; entre ellas, la sueca de Raoul Wallenberg y la española, cuyo embajador, Ángel Sanz Briz, desde octubre de 2015 da nombre a una calle de Budapest.
Banco Central de Hungría.
Un relieve en el Banco Central de Hungría. / Massimo Borchi
Llegados al puente de la Libertad, pasamos por el Mercado Central, donde compramos paprika y salami; por el neoclásico Museo Nacional, fundamental para sumergirnos en la agitada historia húngara, en cuya escalinata empezó la revolución de 1848 tras entonar el poeta Sándor Petöfi su Canto nacional. Enfrente hay una serie de interesantes librerías de lance. Siguiendo hacia la calle Rákoczi, llegamos al barrio judío, al que nos abre sus puertas su imponente sinagoga de aires bizantinos, la más grande de Europa con sus dos torres rematadas con cúpulas de estilo oriental. Se ha convertido en la principal zona de ambiente juvenil y nocturno, donde conviven tiendas kosher con mercadillos que venden desde antigüedades a souvenirs con la efigie del legendario futbolista hungaroespañol Puskas. Lo más destacable son los bares-ruina, en edificios destinados al derribo y de indescriptible estética alternativa, como el Szimpla, donde disfrutamos de una cerveza con música de fondo, entre jóvenes ejecutivos y artistas alternativos.
El ambiente de­senfadado contrasta con las tragedias vividas en esta zona por los judíos en 1944 y por los húngaros en general en 1956, como recuerdan las fachadas aún heridas de metralla; desde aquí hasta la zona del cine Corvin estuvieron los últimos focos de resistencia contra los soviéticos. Extraña combinación que quizá ha llevado al premio Nobel de Literatura Imre Kertész, que sobrevivió a Auschwitz, a temer que la nueva Budapest alegre y turística termine convirtiéndose “en una ciudad sin memoria”. Atormentada memoria que animamos al viajero a sondear a través de algunas de sus obras, como Sin destino o Liquidación; o las de otros escritores como Una fiesta en el jardín y El reloj de piedra, de György Konrád; Liberación y¡Tierra, tierra!, de Sándor Márai; Libro del recuerdo, de Péter Nádas; Armonía celestial y Versión corregida, de Péter Esterházy; o en películas como Sunshine, del oscarizado István Szabó.
El Museo del Terror, en el número 60 de la avenida Andrassy. / H. Leue
El Museo del Terror de Budapest
Las caminatas requieren descansos, y qué mejor que en sus tradicionales cafés de pasados imperiales, que fueron y son aún lugar de encuentro de escritores y artistas. Sándor Márai decía que “sin cafés no hay literatura”. Cafés como el Ruszwurm, en Buda, que destaca por su pastelería; al igual que el mítico y coqueto Gerbeaud, en Pest. De obligada visita es el espectacular y neobarroco New York, convertido en almacén durante la dictadura comunista; sin olvidar los Central, Eckermann, Astoria —testigo de no pocos episodios históricos—, Luckács, Múvész, o el neorrenacentista de la librería Alexandra.
Estos tres últimos están en la majestuosa avenida Andrassy, patrimonio mundial junto a Buda. Andrassy es la avenida más larga, señorial y elegante de Budapest desde los tiempos del imperio austrohúngaro. Allí, y en sus aledaños, se encuentran las mejores tiendas, cafés, restaurantes, palacios y mansiones más representativos del esplendor decimonónico de Budapest. También lo mejor de la oferta de conciertos, teatros, ópera y musicales que ofrece la agenda cultural de Budapest.
En el tramo que va del río a la plaza Oktogon, cruzada por la animada avenida Teréz y su continuación Erzsébet, cabe destacar sobre todo la reputada Ópera Nacional, un edificio neorrenacentista italiano que recuerda a la de Viena o Dresde. Tuvo entre sus directores a Gustav Mahler. Enfrente se halla el monumental palacio Drechsler.
Casa del compositor Béla Bartók.
Casa del compositor Béla Bartók. / Attila Kisbenedek
Cerca, en la calle Nagymezó, están los teatros Thalía, Miktoszkopy y de la Opereta. Y en la paralela de Liszt Ferenc, llena de restaurantes y de agradables terrazas, podremos disfrutar de la Academia de Música Franz Liszt, con sus bellos interiores estilo secesión, su imponente vestíbulo de cerámica Zsolnay y sus dos salas de conciertos. Fue fundada por Liszt, creador de las Rapsodias húngaras, y contó entre sus alumnos con Béla Bartók (los melómanos harán bien en visitar la casa de este compositor húngaro, autor de los geniales seis cuartetos de cuerda, en las colinas de Buda, en Csalán út, 29).
A partir de la plaza Oktogon se agrupan museos y mansiones, muchas de ellas destinadas a embajadas, entre ellas la española. En el número 60 se halla un lugar de triste recuerdo, la que fue sede en 1944 de los cruces flechadas —los nazis húngaros— y después del temido y odiado AVO, la policía política comunista. Allí unos y otros torturaron y ejecutaron por estrangulamiento en sus celdas y patio que hoy se pueden visitar en lo que se llama el Museo del Terror. Está salpicado de vídeos en los que los supervivientes cuentan sus tristes experiencias. También se pueden ver las ejecuciones de los dirigentes nazis húngaros, así como la pantomima de juicio al que fueron sometidos en 1956 Imre Nagy y su gobierno antes de ser ejecutados por el régimen comunista al servicio de Moscú.
En el 69 de Andrassy tenemos la Casa Museo de Franz Liszt, y, al lado, la Academia de Bellas Artes y el teatro de Marionetas en sendos edificios neorrenacentistas de estilo italiano. Siguiendo por Andrassy llegamos a la circular y elegante plaza Kodály, donde se halla el museo homónimo y el palacio Palavicini. Podemos seguir andando para ir descubriendo las maravillas de la avenida; pero si nos cansamos, tampoco está de más tomar la línea de metro que la recorre, cuyas pequeñas estaciones nos llevarán a otros tiempos. Construida en 1896, Budapest tiene el honor de tener la primera línea de metro de Europa continental y la segunda del mundo, después de Londres.
Andrassy termina en la plaza de los Héroes, a uno de cuyos lados se halla el imprescindible Museo de Bellas Artes. Muy cerca, el parque Városliget, con su curioso zoológico modernista, el castillo de Vajdahunyad sobre el lago y los baños termales de Széchenyi.

martes, 5 de enero de 2016

VIAJE  RECOMENDADO  POR  NUESTRA  AGENCIA
Budapest de cuento (1º PARTE)
 

Budapest es de esas ciudades cuyo halo decadente realza su encanto. Pese al rigor y el ostracismo al que fue sometida por la dictadura comunista, aún conserva ese aire “señorial e imponente” que le da el aspecto de “ciudad protagonista de la historia”, como dice Claudio Magris en El Danubio, aunque ya de “una Europa después del espectáculo”. No consiguieron imponerle el “color gris del comunismo” que impregnó a la Europa del Este, como recuerda el escritor Péter Esterházy. No perdió, al menos del todo, la vitalidad tanto de sus teatros y óperas como de su alegre vida nocturna, ya famosa en el imperio austrohúngaro, lo que le permitió seguir siendo comparada con París o Viena.
Con o sin rumbo fijo, lo más aconsejable es dejarse llevar por sus calles y plazas. A cada paso nos sorprenderá la belleza de algún edificio barroco, neoclásico o modernista. Descubriremos acogedores cafés y restaurantes decimonónicos donde degustar un goulash o pollo al paprika con galuska, una copa de tokay o pálinka y una tarta Dobos… Con razón Budapest se ha convertido en un gran plató cinematográfico europeo, lo que le ha valido el nombre de Hollywood del Danubio.

Mapa de Budapest.
Mapa de Budapest. / Javier Belloso
El Danubio, no muy azul, “turbio, sabio y grande”, en palabras del poeta Attila József, divide y une a la vez a una ciudad que hasta 1873 fueron dos, Buda y Pest. Situada en un lugar privilegiado, fue objeto de continuas invasiones a lo largo de la historia. Fue celta y romana, otomana y austrohúngara, musulmana y cristiana con una importante presencia judía. Ha vivido momentos de esplendor a caballo de los siglos XIX y XX. También de destrucción varias veces: las últimas en los combates de 1945 y, en parte, durante la invasión soviética de 1956 tras intentar el gobierno de Imre Nagy un “socialismo en libertad”. Lo que ha marcado el carácter de sus gentes, que se aprecia en su literatura, impregnada como dice Magris de esas heridas y de una “sensación de abandono y soledad”.
Buda es la ciudad medieval. Fue capital de todos los ocupantes de Hungría; cárcel de los cabecillas revolucionarios decimonónicos; refugio de serbios y griegos que en su día huían de los otomanos, o, siglos más tarde, de intelectuales que como Thomas Mann lo hacían de los nazis. Es un placer deambular por sus tranquilas callejuelas empedradas y casas barrocas de cálidas fachadas que nos llevan a la inmaculada iglesia de San Matías en el Bastión de los Pescadores, a la residencia presidencial y al Palacio Real, en el que se ubica la Galería Nacional, con su amplia panorámica del arte húngaro desde el medievo.

Una mujer contempla el Palacio Real de Budapest. / F. Goncalves
Desde aquí se puede ir hacia Obuda (la vieja Buda) y sus ruinas romanas de Aquincum, o hacia la ciudadela y a uno de los distintivos de la ciudad, el épico y femenino monumento en honor a la “liberación” del país por los comunistas en 1945, reconvertido popularmente en símbolo de haberse librado de ellos en 1989. Ironía del destino a la que se le podría aplicar lo que Esterházy dice de Budapest en La mirada de la condesa Hahn Hahn: “Cada instante de la ciudad desafortunada encierra en sí una ciudad afortunada que ni siquiera ella sabe que existe”.
Palacio Real de Budapest.Para subir a Buda lo mejor es el viejo funicular o el autobús, pero para bajar se recomienda callejear y luego recorrer su base a ras de río para observar la imponente estatua del obispo Géllert, situada donde fue despeñado en 1046; la curiosa iglesia-cueva de San Esteban frente al hotel Géllert; el barrio de Vivizaros o la tumba del venerado derviche otomano Gul Baba.

Parlamento neogótico


El bistró Castro, en Budapest. / Ingolf Pompe
Una taberna en Budapest.Desde Buda se disfruta de unas vistas espectaculares de Pest y del Danubio, con el vergel de isla Margarita al fondo, donde los lugareños disfrutan paseando el fin de semana o asistiendo a una ópera al aire libre en verano. De estas vistas sobresale el impresionante y neogótico Parlamento, de 1904, con su monumental cúpula. Merece la pena su visita. Guarda en sus interiores el tesoro real con la corona llamada de San Esteban, y su peculiar cruz inclinada que recoge el escudo nacional. Cerca está la basílica de San Esteban, símbolo de la identidad nacional religiosa.

viernes, 1 de enero de 2016

  DOCE UVAS PARA DOCE  DESTINOS 
                  FELIZ AÑO 2016 

6. Laponia: Adiós a Santa Claus

Papá Noel prepara su trineo en Laponia (Finlandia). / JONATHAN NACKSTRAND
Papá Noel prepara su trineo en Laponia (Finlandia).¿Qué lugar más idóneo para celebrar la Nochevieja que hacerlo en la propia casa del gran benefactor de la Nochebuena? Luego de haber asistido al protagonismo ubicuo del ajetreado Papá Noel, uno puede acompañarle in situ en su descanso... En Korvantuturi, como se llama su aldea natal, en la Laponia finlandesa, se puede pernoctar al calor de las cabañas y acompañar a los exhaustos renos y perros husky, que una semana antes han regado de regalos las casas del planeta. Seguro que Santa Claus se mostrará receptivo con los últimos de la fiesta... ¡Al fin un agradecido que le devuelve la visita!

7. México: Las esferas de Michoacán

Iluminación navideña de Morelia (México) desde el Hotel Arcade. / Macduff Everton
Especial atractivo tienen, en esa fechas, las regiones de sincretismo religioso, donde se aúnan las tradiciones hispánica y prehispánica. Es el caso de Michoacán, galardonado en la pasada edición de Fitur como la mejor ruta cultural, y cuya capital, Morelia, es Patrimonio de la Humanidad. La vistosa catedral permanece abierta la noche de san Silvestre, y en la región, coexisten una profusión de conventos coloniales y las arraigadas tradiciones de los purépecha, su etnia indígena, que, al celebrar el nuevo año en febrero, duplican las fiestas. En el "pueblo mágico" de Tlalpujahua, al oriente -donde habitan las mariposas monarcas, patrimonio natural de la Unesco- se celebra en san Silvestre la Feria de la Esfera. Miles de esferas artesanales de vidrio soplado emulan el rodaje del calendario.

8. EE.UU: Desde el puente de Brooklyn

Fuegos artificiales de Nochevieja desde el puente de Brooklyn, en Nueva York (EE. UU.). / Jemal Countess
Fuegos artificiales de Nochevieja desde el puente de Brooklyn, en Nueva York (EE. UU.).Contemplar la Gran Manzana desde el Puente de Brooklyn no sólo permite eludir las aglomeraciones, sino obtener, además, una privilegiada visión panorámica de los puntos neurálgicos del fin de año. En el propio distrito, la plaza de Grand Army es una Times Square a menor escala, también con lucidos fuegos de artificio. Desde el puente puede divisarse la tradicional bajada de la bola de cristal, en señal del corrimiento del calendario, la célebre maratón de medianoche en Central Park o el espectáculo de luces del Empire State.

9. Marruecos: Salam Marrakech

La plaza de Yemá el Fna, en Marrakech (Marruecos).
La plaza de Yemá el Fna, en Marrakech (Marruecos).La plaza de Yemá el Fna, en el corazón de Marrakech, se ha convertido en un foco de atracción para el fin de año. Dado que el país, mayoritariamente musulmán, no celebra las navidades, los turistas consiguen allí ser exóticos de sí mismos, combinando el cuscús con el cava. Atento a la creciente demanda, el grupo Palmeraie Hotels and Resorts, que cuenta con seis hoteles de lujo en el interior del palmeral de Marrakech, organiza para esa noche una "vuelta al mundo gastronómica". Los diversos restaurantes ofrecen cenas temáticas: francesa, asiática, árabe... Todo un microcosmos para despedir el año y dar la bienvenida al venidero

10. Italia: Lentejas de la suerte

Celebración de la Nochevieja junto al Coliseo de Roma.
Celebración de la Nochevieja junto al Coliseo de Roma. / Anadolu Agency
Los italianos celebran su `Notte di Capodanno´ comiendo lentejas. En vez de doce uvas, una buena cazuela de lentejas es el modo nutritivo de enfrentar las doce campanadas. Al parecer, desde la Antigüedad, cada grano representaba una moneda, y deglutir en la hora H esas legumbres a grandes cucharadas significaba riqueza para el año entrante. También es costumbre, sobre todo en Nápoles y Roma, arrojar a la calle en esa noche trastos viejos -e incluso, por la ventana, las copas de cava recién terminadas- en señal de desprendimiento del año que se finiquita. Otra tradición es regalar a las mujeres lencería roja para que el año nuevo les sea intimísimamente próspero...

11. Alemania: Hamburgo iluminada

Un mercadillo de Navidad en la plaza del Ayuntamiento de Hamburgo (Alemania). / Engel & Gielen
Hamburgo (Alemania).Junto al emergente Berlín, hay otras grandes ciudades alemanas que se acicalan especialmente para la noche de san Silvestre. Es el caso de Hamburgo, que los alemanes llaman indistintamente "la puerta del mundo" o "la ciudad verde", por sus colores miméticos del agua y ancha apertura al mar. Mucho antes de la vistosa iluminación nocturna, La Hafencity, como se denomina el tramo portuario de la ciudad, es un magnético ajetreo, de gran colorido, a lo largo de esta jornada. El Reeperbahn o lonja del pescado es una de las más extensas y atractivas del mundo, con rutilante movimiento desde primeras horas del día de san Silvestre.

12. Australia: Estrellas de fuego

Navidad en Sídney (Australia).
Corredores vestidos de Papá Noel en Sídney (Australia). / Jason Reed
Las estrellas de fuego semejan medusas en el cielo, junto a la bahía de Sídney. Se trata del Family Fireworks, el tradicional festival de pirotecnia que los australianos contemplan arrobados desde el puerto. En pleno verano decembrino, numerosos barcos fondeados organizan veladas y se vuelven miradores privilegiados para el evento al filo de la medianoche. Hay quien dice que la ventaja de despedir el año en Australia, es que resulta mucho más fácil conseguir canguro para esa noche y poder dejar custodiados a los más pequeños...

jueves, 31 de diciembre de 2015

      DOCE UVAS PARA DOCE  DESTINOS
                    FELIZ AÑO 2016

"Como fuera de casa, en ninguna parte", enarboló el genial Rafael Azcona, un aserto que ni pintado para la noche de fin de año. Así como la Nochebuena es cóncava, una fiesta hogareña, familiar y concéntrica, la Nochevieja es centrífuga, diseñada para catapultarse hacia el otro lado. De ahí las populares maratones y fuegos de artificio; una noche "para tirar cohetes" y llegar raudos: que "no te den las uvas"... Aun permaneciendo en los hogares, las paredes se vuelven entonces más elásticas y trasgresoras que durante la espita cerrada de la Nochebuena; y, en algunos lugares, hasta se tira literalmente la casa por la ventana, como hacen italianos o argentinos, desprendiéndose de los trastos viejos. Algunos (escoceses, bonaerenses) incineran el año extinto. Y otros (neoyorkinos, mexicanos) lo echan a rodar en forma de esfera.
De celebración antiquísima -documentada en egipcios y babilonios-, el emperador Julio César decretó el culto al dios Jano, con sus dos rostros, uno viejo y otro joven, para simbolizar ese tránsito. Síntesis, luego, de religiosidad y jolgorio -pues la Nochevieja es también ecuador de la Navidad a la Epifanía-, no hay otro evento de mayor resonancia planetaria. Los madrugadores japoneses, acaso por aguardar al resto de la Tierra rezagado, dan un total de 108 campanadas. Mientras Santa Claus nos conmina a permanecer en los hogares, san Silvestre es licencia para la escapada. Con un buen bólido resultaría factible, incluso, iniciar las campanadas en el Extremo Oriente y culminarlas en el verano austral. He aquí 12 propuestas.

1. España: Las uvas de la suerte


Nochevieja en la Puerta del Sol de Madrid. / Samuel Sánchez
El reloj de la Puerta del Sol sincroniza la toma de las 12 uvas de la suerte, una tradición genuinamente española, con denominación de origen: desde que, en 1909, así las llamaran los astutos viticultores alicantinos para colocar sus excedentes junto a las partidas de turrón. Las denominaron 'uvas de la suerte', con el infalible marketing de que quien no las consumiera, acogería gafado el nuevo año... Y claro, las toma todo el mundo. Las imágenes de la céntrica plaza madrileña son indisolubles de la Navidad.
Desde los años 20, el emblemático hotel Palace las viene sirviendo en su célebres galas de Nochevieja. Bajo su cúpula, las han tomado, entre otros, Sofía Loren, Marlon Brando, Ryta Hayworth, u Orson Welles. Este fin de año dispondrá el menú el chef Dani García, con suculentas mixturas de su procedencia andaluza, como bogavante y gazpacho, vieiras con crema de almendra malagueña, lenguado con mariscos gaditanos o queso de cabra de Ronda con foie-gras, para acabar con ‘luna de Marbella, compuesta con chocolate blanco, vainilla y gajos de mandarina.

2. Brasil: Feliz Bossa Nova


Celebración por el año nuevo en Río de Janeiro (Brasil). / Mario Tama
Partir el año en Río de Janeiro, junto a los cálidos efluvios marinos, en pleno cénit estival, tiene mucho de adelanto del espíritu carnavalero. De los brazos del Cristo, pende el espectacular árbol de Navidad que ilumina la bahía. La tradición manda acudir a la playa de Copacabana, donde se concentran multitudes -muchas de ellas, vestidas de blanco: purificación de cara al año entrante- para admirar los fuegos artificiales, y bailar al son de los grupos musicales a lo largo de sus cuatro kilómetros de arena. Los afro-brasileiros aprovechan a rendirle pleitesía a Iemanyá, la Reina de las Aguas, y lanzan al mar barquitos cargados de ofrendas, que, a más se alejen de la orilla, mayor prosperidad.

3. Escocia: Con faldas y a lo pirómano


Fuegos artificiales en el Castillo de Edimburgo (Escocia). / Roberto Ricciuti
Fuegos artificiales en el Castillo de Edimburgo (Escocia).En Escocia es tradicional la celebración del Hogmany, un ritual de origen celta, protagonizado por el fuego, en son de quemar el año que se acaba. Al filo de la medianoche, se encienden fogatas, los vecinos portan antorchas y se hacen rodar barriles de madera ardiendo, también para iluminar la llegada del nuevo año. Aunque extendida ya por diversos puntos del país, esta tradición es originaria de la localidad marinera de Stonehaven, donde permanece fuertemente arraigada, y las bolas de fuego, tras deslizarse por calles empinadas, son arrojadas al mar.

4. Argentina: Muñecos de fuego


Fuegos artificiales en la Casa Rosada de Buenos Aires. / Ralf Hettler
Fuegos artificiales en la Casa Rosada de Buenos Aires.
A falta de muñecos de nieve, los bonaerenses construyen para esa noche grandes muñecos de madera y trapo, y luego los hacen arder, para incinerar el tiempo que se acaba y purificar su renovación. En pleno verano austral, la vistosa luminotecnia de la ciudad y las campanadas se reciben en mangas de camisa, cuando no en traje de baño, a la vera de las piletas. Por influjo de la inmigración española, algunos toman las tradicionales uvas, y el turrón se combina, tras los asados, con el mate y el dulce de leche. Pero mayor es el arraigo de la ascendencia italiana, que incita a desprenderse de trastos viejos -incluso agendas del año extinto, por las ventanas del Distrito Financiero- y a regalar la supersticiosa lencería roja o rosa.

5. Japón: Fideos para el 'Omisoka'

Japoneses sueltan globos para celebrar el Año Nuevo en Tokio. / KAZUHIRO NOGI
Año Nuevo en Tokio.Con ser la cuna del sol, Japón es, lógicamente, el gran adelantado en acoger la Nochevieja. Las casas se engalanan, renovando su decoración, para celebrar en familia el Omisoka o Gran Día Final del Año, sin que falte sobre la mesa lacada el tradicional soba, la sopa de fideos finos y largos, que simbolizan la longevidad. Acaso en un gesto de solidaridad con la demora del resto del planeta, en vez doce, se dan allí 108 campanadas. Al revés que en Occidente, con cada campanada se formula un deseo que debe ser combatido; con la ayuda de Buda, las aspiraciones terrenales deben ser eludidas para encontrar la armonía del año en ciernes.
 FIN  DE LA  1º PARTE.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

 FIN  DE AÑO EN LISBOA - 24 HORAS (2º PARTE)

Marvila, el barrio secreto de Lisboa

18.00  Haz el amor y no la guerra

La galería de arte Underdogs, en la capital lusa. / João Henriques
LisboaA media tarde, cuando caen las persianas de los talleres, abren las galerías de arte, los centros culturales y los lugares de actividades extraescolares. El Clube Oriental de Lisboa (12), fundado hace 66 años, enseña a jugar al fútbol y a bailar; enfrente acaba de abrir lo último en castigar el cuerpo, un gimnasio de crossfit. Tiempos extraños, pues para relajarse es mejor recogerse en la Fábrica de Armas Braço de Prata (13). El abandonado escenario de la última novela de José Saramago, Espingardas, espingardas, ha sido transformado por Nuno Nabais en un espacio único de refugio cultural. Nabais fue el primero en creer en la transformación de Marvila. El patio semiabandonado de la fábrica reú­ne grafitis interesantes, y en el interior hay salas para cualquiera que quiera hacer algo, pintar, leer o acudir a conciertos. Todo gratis. En el barrio ha abierto la galería Alexandre Farto, que se dedicaba a saltar a los trenes para pintarlos. En Underdogs (14) se expone lo mejor del arte callejero. Los murales de Farto, artísticamente Vhils, gritan en lugares abandonados de todo el mundo, y también de Lisboa, donde organiza tours para ver los grafitis.

21.00  La noche en el Pozo del Obispo

La noche de Marvila se concentra en la esquina del Pozo del Obispo. Allí, otra pareja mixta, la portuguesa Marisa Cerqueira y el chino Binlu Zhu, ha abierto Dinastia Tang (15), un restaurante chino nada obvio. Ella estudiaba mandarín en Shanghái, él se dedicaba a la fotografía y, por qué no, han abierto local en la esquina de la esquina del mundo. Un viejo almacén de vinos es hoy un elegante y acogedor restaurante con mobiliario traído desde China. Su menú se centra en la cocina cantonesa, aunque sus especialidades son el pollo de Sichuán, la sopa de codornices o la raíz de loto con miel. Para bailar hay que andar 10 metros hasta el Beatus (16), donde sirven copas, destaca la bodega y se organizan mercadillos una vez al mes; pero las noches de los fines de semana son para las bandas de música, que tocan en la terraza que mira al Tajo mientras descansan sus contenedores, sus grúas y sus barcos.

martes, 29 de diciembre de 2015

 FIN  DE AÑO EN LISBOA - 24 HORAS (1º PARTE)

Marvila, el barrio secreto de Lisboa

El Tajo pasa por delante, pero apenas se ve, tapado por contenedores de colores, grúas inmóviles, barcos que no navegan, autovías de a 50 que nadie respeta y almacenes que ya no almacenan. Al barrio lisboeta de Marvila no llegan los tuk tuk, y el café aún sale por 50 céntimos; no hay tiendas de souvenirs y en la barbería La Moderna nadie recuerda cuándo le pusieron tal nombre; otras tiendas ni lo tienen, les basta colgar en la calle orinales, escobas, cubos. O escribir: “Se expurgan muebles”. En Marvila no hay monumentos, pero sí enormes almacenes en descomposición donde arrastraban mercancías hombres de mono azul y manos como raquetas. Ahora quedan los esqueletos de sus naves industriales, espacios vacíos en la orilla de la rutilante Lisboa pero a precio de barrio decadente. Copado el Chiado, el Bairro Alto o la Baixa, los jóvenes creadores y emprendedores ven el futuro donde durante todo el siglo XXI solo ha habido decrepitud. Ahora, para descubrir lo último de Lisboa, de galerías de arte a cervezas caseras, hay que pasarse por Marvila.

10.00  Café con calma

Mapa de Marvila, en Lisboa.
Mapa de Marvila, en Lisboa. / Javier Belloso
Las mañanas son de los jubilados, que se reúnen en la plaza David Leandro da Silva, con su quiosco de periódicos y el único urinario al aire libre de la ciudad. Un transistor anónimo reproduce fado tras fado. Es lo único que se escucha en esta placita triangular protegida por dos ilustres almacenes de vino del siglo XIX. En el de José Domingos Barreiro (1, pinche sobre el mapa para verlo ampliado) su gran reloj se paró en las cuatro y algo, cuadrando la nostálgica canción de Luis Eduardo Aute. Los dos ritmos de este barrio, las dos vidas paralelas, se reflejan en sus horarios comerciales. A primera hora, los mecánicos se calientan en el Café Velho (2) y en A Doca (3), lugares de toda la vida donde nunca falta un poco de conversación antes de empezar a recauchutar neumáticos. A media mañana abre Café com Calma (4), nombre oportuno, porque si el portugués es de natural calmado, el café, paradójicamente, se lo toma deprisa, quizás porque al final del día no serán uno ni tres; este local, además del nombre, invita al relajamiento, con la estética imperante en Lisboa de dejarlo todo como está, la decoración de no-decoración; no faltan las banquetas de formica, las sillas y mesas cada una de su padre y de su madre, y paredes limpias de adornos. Aquí la clientela es recién llegada, joven y extranjera, con trabajos que necesitan de muchas palabras, y en inglés para definirse: community manager, brand activator y cosas así. Aquí no vienen por pegar la hebra sino porque hay wifi.

12.00  Paseo por el Tíbet y el barroco

Taller de restauración de antigüedades en el barrio lisboeta de Marvila. / João Henriques
A media mañana comienza la vida en el LXWH, o sea en el Lisbon Work Hub, o sea en los cubículos de coworking (espacios compartidos de trabajo) en que se ha transformado el otro gran almacén de vinos de la plaza, Abel Pereira da Fonseca (5). Su fachada art déco, con su rosetón acristalado y su balconada a la plaza, dice mucho de su glorioso pasado. En el lateral del edificio, enormes grafitis de ballenas y cachalotes recuerdan que por allí se ve el mar, que es como los turistas llaman al Tajo. Destrucción y construcción conviven sin hacer ruido. Hay que pasear pacientemente para percibir los detalles de que los nuevos diseñadores del mundo viven por aquí dentro: un muro de cemento ha quedado forrado de madera de pino, gracias a la inquietud del equipo de Vertigo (6), donde enseñan a escalar. Tampoco es fácil descubrir, en la calle del Azúcar, Asian (7), almacén de muebles tibetanos a lo bruto, llegados desde el más allá pero ya con los precios de acá. En la calleja del Capitão Leitão (8) la señora Mafalda cuelga en la calle las ropitas de su bebé, que hoy no llueve, frente a las galerías de arte Murias Centeno y Ar Sólido. El vecino Joan Maria está con su pincel y su caballete restaurando un cuadro del siglo XVIII; otros compañeros replican la biblioteca de la Universidad de Coimbra para la finca de un millonario con inquietudes.

14.00  Cervezas caseras luso-estadounidenses

Antes de almorzar igual está abierta la fábrica de cerveza de Dois Corvos (9), otra de las muchas iniciativas promovidas por parejas mixtas: la portuguesa Susana Cascais y el norteamericano Scott Steffens, ella profesional del marketing, él ingeniero de software. Se conocieron en Estados Unidos pero se dedican aquí a la cerveza casera. Ya van por 2.000 litros al mes, con marcas de diseño que colocan en los restaurantes y en su Cervezateca. Las opciones para almorzar van de la cocina de diseño del Entra (10), de Pedro Marques, con una cocina de diseño (19,50 euros el menú), al A Concha (11), el restaurante de barrio de toda la vida, donde no falta el rodaballo ni el centollo y al menú le cuesta llegar a los 10 euros.